Friday, February 23, 2018

En honor de Mujica Lainez


ADOLFO BIOY CASARES

Se reúnen escritores en una comida en honor de Mujica Lainez. El homenajeado se hace esperar; pasadas las once, por fin llega, principesco y afectado, saludando lánguidamente con manos anilladas. Claramente se oye la voz de Silvina Bullrich:

—Tenía que llegar tarde, naturalmente, el maricón de mierda.

Interrumpiendo apenas los saludos, Mujica Lainez contesta en el acto, con voz igualmente clara:

—Callate, vos, gaucho con concha.

En Descanso de caminantes

_____
De BIBLIOTECA IGNORIA, 22/02/2018

Fotografía: Manuel Mujica Lainez


En las lindes de Europa


ALAIN-PAUL MALLARD

Nos queda más que claro: el hosco carpintero que construyó los severos camastros del refugio de cazadores de Gruzki no los pensó para que uno se pasara el día tumbado.

De pie a las brumosas cinco de la mañana en vano afán de sorprender, bajo un cielo violeta y en un claro de hierba perlada de rocío, el desayuno de los jabalíes, habíamos luego pedaleado a Guszczewina y de allí a Narewka y a Janowo. Un amplio rodeo verificado de trecho en trecho, las sienes pulsando, por un indeciso dedo índice sobre las líneas de un mapa (escala 1:50,000) del Puszcza Białowieża.

El rodeo nos permitía burlar –sacarle la vuelta– al intratable reglamento de la Dirección de Bosques y entrar libremente, sin guía, a la “Reserva estricta”, mundo primordial de verdes silencios, bosque lleno de sombrío y húmedo misterio, como los que de niños recorrimos, temerosos, de mano de los hermanos Grimm.

Acaso no esté de más precisar, breve y esquemáticamente, que el área natural protegida de Białowieża, a caballo entre Polonia y Bielorrusia, es el único y último trozo restante de bosque primigenio europeo. Oscuras, venturosas razones de geopolítica medieval le permitieron atravesar los siglos intocada por el hacha y la sierra. El proteccionismo zarista haría de ella, harto más tarde, un coto de caza real: incluso en épocas de hambruna abatir furtivamente un ciervo se pagaba con la vida. Sufrió, sí, en las grandes, trágicas guerras del siglo XX. Y ya luego, concluidos los tomas y dacas tras la cortina de hierro, fungió como zona amortiguadora. Hoy el celo ecologista la mantiene a salvo de la depredación humana –encarnada también mínimamente (no está de más dejar las cosas claras) en turistas ofuscados, como nosotros, por un exceso de entusiasmo.

Abandonamos entre abetos, apoyadas en un tronco a veinte pasos del camino, las sólidas bicicletas polacas. Visibles, para hallarlas al volver. La reserva estricta de Białowieża es hoy un bosque sagrado. Un bosque en el que no penetran los hombres. Solo los iniciados; es decir, los investigadores acreditados. Carecemos de cartas cabales, por lo cual, antes de entrar, juntamos en el suelo una gran flor radial de piñas escamosas, ramitas de abedul y ciruelas salvajes: nuestra ofrenda a los dioses del bosque.

Y entramos a pie. Tomados, como Hansel y Gretel, de la mano.

El olor. El fresco olor a humus. La quietud. ¡Y los verdes! ¡Las vivificantes gamas de los verdes!

Avanzamos adivinando una senda de lo más perdidiza. El terreno, extensión septentrional de la llanura polaca, siempre a nivel. De apartarse Matiana a la rápida exploración al pie de un roble de alguna madriguera, la aguardo yo en un sendero apenas distinguible. ¿Los animales? Salvo la babosa y su lenta estela de plata, se esconden todos. Nos adentramos, sin cruzar presencia humana, en el umbrío corazón del bosque.

Un bosque explotado –y en Europa siempre lo son– es como un jardín de infantes: los árboles de cada sector tienen la misma edad y, por ende, el mismo diámetro, la misma altura, un espaciamiento regular. Uno cree ver natura donde todo es cultura. No así en el Puszcza Białowieża. El bosque primordial no se parece a un bosque: remite a la imagen mítica del bosque. Diríase, de primera impresión, un paisaje recién castigado por la tempestad: árboles desgajados, ramas por tierra, troncos inclinados cuya caída se ha visto postergada por objeción de los ramajes vecinos. La lógica pone orden entre los sentidos y la mente se desengaña: los troncos en todos los ángulos posibles, y los yacientes que hay que saltar de trecho en trecho, se descomponen bajo una mullida alfombra de musgo. Llevan seis, siete décadas en el pausado y arduo trance de pudrirse.


Rechina en algún punto una puerta embrujada. Difícil estimar la dirección del crujido, su distancia. Uno se detiene y constata, al barrer con la vista el enmarañado mundo inmóvil, que el silencio se ha tornado más denso. Aquí y allá el polen ejecuta su danza, suspendido en una áurea columna de luz.

Aquí y allá un sabio y paciente titán, de torturada corteza y vigorosas ramas, alza regio su copa, casi que solo. Las cervicales se comprimen en la nuca; ni así divisamos dónde culmina, en alturas sucesivas de hojas a trasluz, el olmo tres veces centenario. Contemporáneo de Pedro el Grande, pero también de El capital y del Apolo 8, un arbolón así es todo un ecosistema.

Cuando han cumplido su ciclo vital, los árboles de Białowieża gozan de un raro privilegio. Morirse de viejos. No soy el más riguroso con las cifras. Me sirvo ahora de una no por cuantificar nada sino para suscitar una imagen mental: si un bosque explotado alberga dos metros cúbicos de madera muerta por hectárea, en el bosque intocado de Białowieża el volumen cúbico de metros escala a cien.

Aunque pronunciar muerta a la madera es, en Białowieża, una falta de tacto... Cada árbol caído alberga o alimenta a fascinantes seres que nos confrontan desde la más radical alteridad. Deslumbrados por los mundos yuxtapuestos de los hongos, los líquenes, los musgos, avanzamos de un tocón hueco a un tronco yaciente y esponjoso, maravillados por las orejas en repisa de los poliporáceos, por el amorfo mixomiceto, por un siniestro manojo de deditos de viuda. Nuestra marcha en la húmeda hojarasca desperdiga un brincar de ranitas que solo se revelan en el súbito arco de su salto.


Dos categorías, leí en algún lado, bastan para clasificar a todos y cada uno de los hombres: se es o bien platónico o bien aristotélico. Otra radical alternativa de clasificación binaria se me ocurre: o se es micófilo o micófobo. El mundo de los hongos no admite medias tintas. Fascina o repele.

Como aristotélicos y micófilos que somos, Matiana y yo buscamos el saber contemplativo (episteme theoretiké) en la experiencia sensible: sentados sobre un tronco tapizado de verde musgo compartimos, a tímidos mordiscos, una seta de tallo y laminillas inmaculadamente blancos. Es una seta joven y esbelta, de palidez fin de siècle; su elegante sombrero perfectamente horizontal ornado con tres límpidas gotas.

Carne terrosa y húmeda. Carne de esponjosos dioses.

Masticar setas crudas en el bosque siempre altera un poco el pulso, sobre todo sin el manual en el bolsillo...

La intención tras nuestra afanosa marcha es observar al bisonte en libertad.

Miope y majestuoso, el bisonte europeo –Bison bonasus (Linnæus, 1758)– alcanza la misma altura a la cruz que su primo el Bison bison o bisonte americano: un metro noventa. Fue reintroducido a la vida silvestre en 1929 a partir de ejemplares en cautiverio provenientes de diversos zoológicos del continente, pues los soldados, famélicos, de la Primera Guerra cazaron y devoraron al último bisonte salvaje. A diferencia de su pariente del Nuevo Mundo, animal de las grandes praderas, el bisonte europeo vive en bosques espesos. Espesos, lo que se dice espesos, no le quedan ya muchos y es entre los robles centenarios de Białowieża donde prefiere guarecerse.

El mapa no mentía. Al emerger del bosque hacia la luz y el calor divisamos nuestro punto de destino: Kosy Most, una espartana plataforma de observación a un metro treinta sobre el nivel del suelo, de planta cuadrada y techo en cuatro pendientes. El quiosco da, por dos lados, hacia el bosque bajo y, por los dos restantes, hacia una marisma con pastos altos y una tupida cortina de juncos. Tras ellos, escondido, el desganado río Narew. Los animales del bosque acuden a beber en sus aguas dos veces al día, lo cual justifica la presencia de la rústica estructura: un balcon en forêt.

La lengua inglesa distingue con mayor convicción que el castellano, al diferenciar los peldaños de una escalera, entre steps y rungs. Subimos cuatro, cinco empinados rungs, que solo a un bípedo facilitan trepar. Bancas en tres flancos del quiosco, chaparros antepechos de tablas. Los maderos, resecos, se han tornado ya grises. Nadie parece haber venido de visita en un largo tiempo, aunque es verdad que las arañas tienden con insospechada rapidez sus hilos impalpables.

Escrutamos el paisaje, enmarcado como en cinemascope. Una vez más, los huraños bisontes refulgen por su ausencia...

Sobre los bastos tablones del piso hay tres estrellas irregulares y varios pequeños amasijos de oscuro fieltro: un Tàpies, en blanco sobre gris.

Un vistazo al techo esclarece las cosas de inmediato: cada salpicadura estrellada queda, en hilo de plomada, justo bajo un travesaño. Los blancuzcos astros de ácido úrico, deyecciones de un ave de presa; las grisáceas madejas ovales –me perdonarán que pavonee una palabra dominguera–, sus egagrópilas.

Sesenta millones de años atrás, una secuencia de genes se desactiva de pronto y las aves pierden los dientes que les legaran sus ancestros los saurios. No pueden, los pájaros, moler sus alimentos antes de tragarlos. Las aves rapaces desgarran apenas a sus presas con el pico para tragárselas enteras. Tras cada alimento, sus musculosas mollejas regurgitan en una pelote de réjection las materias no digestibles: pelos, huesos, dientes.

Del griego antiguo por vía del latín científico, la dominguera egagrópila se desmenuza en aigos (cabra) + agros (campo) –cabra salvaje– y pilos (lana, fieltro –en latín pilus, pelo). Y desmenuzar una egagrópila permite identificar, a partir de la dieta, a la rapaz en cuestión.

Matiana se sienta en una de las bancas. Se saca la mochila. Bebe un trago de agua.

Yo me acuclillo a escrutar los trazos de Tàpies en el ácido úrico.

–Mira, ten –me dice Matiana mientras hace girar a contraluz, entre pulgar e índice, una pluma jaspeada–. Estaba aquí. Colgada en la telaraña...

Me la tiende.

Me acerco y atrapo la pluma por el cálamo.

Una pluma pequeña, de perfil asimétrico. De ala, deduzco. Su estandarte, beige, va entreveteado en diagonal de negro. Algo de blanco raya las barbas inferiores.

La pruebo con una caricia en la mejilla de mi amada. Matiana sonríe. La pluma le desciende por el cuello. Cuando le ataca la clavícula, repele el dulce cosquilleo.

¿Una pluma de búho?

El plumaje de un búho es reputado por su suavidad. No es, su dulzura, sin porqué: suavidad rima con silencio. Ave de presa, el búho caza de noche y su vuelo debe pasar inadvertido. Cae del negro cielo, súbito y certero, un letal mazazo de silenciosas plumas concentrado en ocho garras de acero.

Fatigada tras seis o siete horas de trajín silvestre, Matiana se tiende de costado en la banca, a cortejar la siesta.

¿Asio otus (Linnæus, 1758)? Me acuclillo nuevamente ante la tríada de estrellas en el suelo y me pongo a deshacer egagrópilas. Son secas, sanas, inodoras. Procuran a la palma de la mano una agradable sensación de ingravidez. En la ganga opaca se adivinan, atrapadas, las órbitas gemelas de un cráneo de roedor.

Las egagrópilas de un ave nocturna arrojan esqueletos completamente desarticulados, pero casi completos. Dada la simetría bilateral que nos caracteriza a los vertebrados, los huesecillos van por pares, y de ahí deriva, en gran parte, el encanto del juego: ir ganando a lo amorfo invertidas parejas de femurcillos, de húmeros, la otra media quijada.

A un costado me arrulla el tenue compás de quien respira y duerme. Lo demás es silencio.

El trabajo –extraer huesos diminutos de un compacto amasijo de pelusa– exige una minuciosidad de miope y la paciente y precisa concentración del relojero: un incisivo de musaraña es casi tan grande como una cabeza de alfiler.

Silencio, denso silencio. Sol casi a plomo. Quieto el tupido juncal.

Cada pequeño hallazgo lo hala a uno hacia adelante. Se pierde noción del tiempo, consciencia del entorno. Solo una punzada de tortícolis, un entumecimiento en las corvas, me recuerdan que estoy ahí y entonces, acuclillado en un quiosco en las lindes del bosque primordial en el voivodato de Podlaquia. En los confines de Europa.

Súbito susurro de plantas.

Levanto la vista.

Algunos pastos altos se agitan furiosamente sin que sople la brisa. Ni una hoja se mueve en árboles y arbustos. Algo, y grande, hay entre los matorrales. A siete, ocho metros.

–¡Psssst, Matiana...! ¡Matiana! ¡Despierta! –digo por lo bajo, agazapado.

–¿Mmmmmh?

–¡Shhhhh...! Ahí hay algo. No nos ha visto...

–Mmmmhm –replica amodorrada, sin abrir los ojos.

Entre los pastos se asoma un par de orejas. Grises, ovales y erectas, de lo más expresivas. Y enseguida un largo hocico afilado. Dos orejas más, un segundo hocico olisqueando el mediodía. Dos lomos grises. Son dos... como perros inmensos, pero mucho más fuertes e imponentes que un simple perro, más robustos, como más salvaj...

–Matiana, ¡son lobos!

Matiana se pone en pie como un resorte.

El primer lobo detecta su brinco y tensa bajo el pelaje todos sus músculos. Nos mira erguido, alerta, con una intensa mirada toda en ámbar del Báltico. En décimas de segundo, tan fugaces como eternas, realiza su cálculo instintivo: Homo lupo lupus est. Con la más tersa fluidez se da la media vuelta y, sereno, de dos saltos se aleja. Su hembra lo sigue, dejando atrás como único rastro un doblarse de pastos, un ligero temblor en las blancas umbelas de cicuta.

Y un par de corazones palpitando encabritados.

Matiana y yo nos volvemos a mirarnos, incrédulos y febriles, primero atónitos y de inmediato buscando, abrazados, una recíproca validación verbal:

–¿Los viste? ¿¿¿Los viste???

Tras la maleza inmóvil, el sombrío rostro del bosque.

Olvidados quedan los lanudos bisontes, los impuntuales, tozudos jabalíes. ¡Lobos en libertad!

¡Lobos!

Perros primordiales que jamás venderían su inclemente dignidad salvaje por un poco de calor, un tazón de croquetas, el chillón muñeco de hule. Algo en mí habría querido seguirlos (de tener cuarenta años menos, me iría a vivir con ellos como esos niños salvajes de quienes tanto he leído). O, al menos, bajar a indagar en la maleza, a diez pasos, en busca de huellas en el lodo.

Teníamos la certeza de que se habían marchado. No obstante, una cautela atávica nos retuvo: el lobo tiene su reputación feral que mantener.

Volvimos por el bosque armando alharaca, mirando a menudo por encima del hombro, Matiana cantando a tope: “Promenons-nous dans les bois / pendant que le loup n’y est pas. / Si le loup y était / il nous mangerait, / mais comme il n’y est pas / il nous mangera pas...” Obviaba empero –no fuera a ser– la escalofriante parte en que la cantilena interpela directamente al lobo.

¿Que qué pruebas puedo presentar de haberme topado al lobo feroz?

Ninguna, no, pruebas no tengo: nos vimos frente a frente apenas un instante, el tiempo de leer en sus ojos la ambarina pureza de lo indomable. No sé qué verdad triste leyera él en los míos.

Solo puedo ofrecer evidencias circunstanciales: el dócil jaspeado de una pluma de búho, un montoncito frágil de diminutos fémures, fíbulas y escápulas, y, para la cóncava lupa del perito, cinco molares de musaraña, lirón o ratón del campo. Creer al escritorzuelo mentiroso que ahora escribe ¡lobo! exige, me temo, un acto de fe. ~

_____
De LETRAS LIBRES, 18/06/2014 

Thursday, February 22, 2018

Escritores mentirosos


CARLOS BATTAGLINI

Escucha tú: es imposible leerlo todo. Eso para empezar. Aunque visto lo visto, escuchado lo escuchado, parece que da un poco igual si uno quiere dedicarse a esto de escribir. En efecto, si un sujeto se dedica al arte de juntar letras (aunque obsérvese que si se escribe a ordenador las letras nunca llegarán a juntarse, a tocarse, a magrearse) debe dar la impresión de que sabe mucho, muchísimo. Es lógico, somos débiles, inseguros y a nadie le agrada levantar la sospecha y mucho menos confirmarla, de que no hace bien su trabajo. Por eso, ante la incapacidad humana de abordar al coloso literario, se miente. Se miente mucho.

Además de mentir, también se acota, es decir se dirige el debate hacia aquellos terrenos en los que el bípedo parlanchín en cuestión se siente seguro. De Perogrullo: la mayoría de los escritores se centran en aquellos a los que han leído. Ergo, si alguien se ha enfocado pongamos en el siglo de oro, procurará hablar principalmente de Lope de Vega o de Quevedo, imponiendo (como lo hacen los medios de comunicación) una “realidad” que gira obligatoriamente alrededor de dichos escritores. Todo lo que acontezca lejos de esa “realidad” se ignora, sencillamente no existe.

Es muy difícil sí, encontrarse con escritores que reconozcan que no han leído a tal o cual  escritor.

La desvergüenza sería además mayúscula si el omitido fuese un clásico (¿verdad que tú tampoco te has mamado todo Proust?) Entonces si por alguna circunstancia surge el nombre de un ser o una nada que no han leído o desconocen, tratarán de reaccionar de la forma más convincente posible: esto es afirmarán con la cabeza lentamente a la vez que adoptarán una expresión que pretenda demostrar que se domina lo mentado. Y claro, desde que puedan tratarán por todos los medios de regresar a sus terrenos conocidos. Unos toda la vida con Shakespeare y Faulkner, otros con Carver y Salinger. Etcétera.

En realidad, no hay que culpar a nadie (o a casi nadie). Es sabido (que no reconocido) que no solo es imposible leerlo todo, sino que igual de quimérico es pretender estar al día de una actualidad literaria sumida en un descomunal y caótico ritmo de producción que encima se ha abierto a todo el mundo, para bien y para mal (seguro que tu tío también ha escrito un libro “soberbio”).

Coleguita, es imposible. Y no pasa nada.

A ver, ni siquiera esos lectores fervientes, esos fanáticos críticos literarios, esos ratones de biblioteca, esos solitarios, esas jubiladas, esos divorciados, esas paradas, esos bohemios pueden seguir el ritmo del monstruo literario, no ya solo el mundial sino el que solo se expresa en castellano. Que te quede claro: si alguien osa “estar al día” a base de lecturas y más lecturas, muy probablemente acabe igual o peor que Alonso Quijano. Hablarás con las paredes. Te arrancarás las cutículas. Creerás que te persiguen.

Asimismo (otro suspiro por aquí) no vale con leer un libro y saltar a otro (deporte que muchos dopados de utopía practican) sino que es preceptivo saber y entender lo que se ha leído, pensar sobre ello, reflexionar, meditar, so pena de convertir la actividad lectora en una operación estéril. Buf, buf.

Se suman además (¡más madera!) los deberes y los imprevistos que la vida (muchos reduccionistas lo llamarán capitalismo) impone sobre todo ser viviente apartándole de la actividad lectora a diario al menos por unas horas. En efecto, la gente trabaja, tiene hijos, duerme, se enamora, ha de ir al banco, te resbalas, quieren ir al cine de vez en cuando, se desenamoran, otra ducha, te operas, se quieren comprar un piso, se te ha roto el pantalón, te vuelves a enamorar, a veces te gustan los carnavales… Todo eso es tiempo, tiempo que no se dedica a leer (ni a escribir) Más desesperación.

De ahí a lo que el vulgo llama postureo. Yo lo llamaré postureo. Hablamos sí, del arte de la interpretación, el teatro, pretender se diría en inglés.

Dicho de la misma manera: hay que intentar poner esa carita que dé a entender que se han leído bibliotecas enteras, hay que hacerse esa fotita rodeado de estanterías atestadas de libros que reflejen bien las decenas de miles de novelas que hemos leído, hay que retratarse sosteniendo un tochazo en el aire con cara de lector voraz.

Mire, no. Es que no. Y no pasa nada.

Otra de las estrategias de muchos “escritores”, de muchos “intelectuales” consiste en auditar la literatura. Me explico, usted solo tendrá que leer un libro de Faulkner (El Ruido y la Furia, claro) un cuento de Carver (¿Quieres hacer el favor de callarte?, claro) un poema de Machado (Caminante no hay…) para considerarse un experto de los mismos. Mejor, el auditor al menos necesita comprobar un 60% de lo investigado…. Usted no. Usted no tendrá que leerse Sartoris o Una fábula o El Villorrio para hablar sobre Faulknersino bastará con que se lea una novela para posar una pierna sobre otra, llevarse la mano al mentón y decir algo así como, “claro, eso ya lo dijo Faulkner”. También puede declararse “lector voraz” aunque se lea dos libros al año o bien recomendar a un poeta norcoreano, y quedarte tan villa.

Pero esto es más diver aun: a veces ni siquiera tendrá usted que embarcarse en la engorrosa tarea de leer a Joyce o a Cervantes. Le bastará lo que ha oído por ahí, o ha leído en alguna revistilla por allá para considerarse autorizado a opinar sobre tal o cual escritor ¡es así de sencillo pringado!

Por eso no desespere usted, escritora honesta, de los de verdad, cuando lea entrevistas a algunos escritores que desglosan toda una retahíla de libros y escritores que supuestamente han leído hasta la saciedad. No se diga usted, “joder, todo lo que me falta por leer”, porque muchas veces todo será producto de una exageración, de una mentira. Y porque, lo más importante, basta con ser sincero con uno mismo y llegar a la lógica conclusión de que la vida no basta, hay que priorizar. Y aun así, se puede.

_____
De INMEDIACIONES, 21/02/2018 

El quemalibros


PATXI IRURZUN

Hace unos días se murió mi tío Fructuoso. El que quemaba libros. Era un tío de mi madre, al que yo solo recuerdo haberlo visto dos o tres veces, cuando era niño. Y sin embargo, fui a su funeral, en misión diplomática: mi madre estaba de vacaciones y a mí me tocó ejercer de vicepresidente checo, ese que se dejó el micro abierto y, enterado de que tendría que viajar a las exequias de Mandela, saltó: “Joder, macho, no me apetece nada ir. Si eso está en el quinto pino”,  y todos lo escuchamos con condescendencia porque hemos pensado o dicho lo mismo alguna vez en la intimidad de nuestras casas, donde, de momento, no hay micros.

Mi tío, además, Mandela no era. Una vez me quemó un libro, que yo leí en casa de mis abuelos, donde empezó a ahogárseme Robinson Crusoe y le puse pantalón largo al Pequeño Nicolás con otras lecturas menos apropiadas para mi edad como la del libro en cuestión, que se titulaba ‘Los helechos arborescentes’. No recuerdo, sin embargo, nada de la novela, a excepción de que su autor, Francisco Umbral, movía el famoso sonajero de su prosa y tintineaban algunas palabras como lefa o Durruti. El caso es que, enterado mi tío, decidió hacer un auto de fe en la huerta y quemar aquellos helechos arborescentes, los cuales se elevaron hasta el cielo en volutas de humo que escribían en el cielo el “Yo, pecador”;  o al menos eso era lo que leía (aparte de los libros que quemaba para que no leyeran los demás) el meapilas de mi tío Fructuoso.

Como represalia diferida el día de su funeral llovía —un mal día para quemar libros— y yo en lugar de entrar a la iglesia me quedé en un bar que había frente a ella tomándome una caña con mi amigo Juantxo el jipi. Mejor para todos, porque a nosotros a veces en los funerales nos da por reírnos. “Ah, ¿pero encima hay que pagar?”, me dijo Juantxo en una ocasión, cuando un monaguillo salió a pasar la cesta. Y a mí me entró ese tipo de risa, la peor risa del mundo, esa risa floja, incontrolable, que te convierte en una olla a presión, con el pitorro haciendo fiufiú, hasta que no puedes más y revientas y todo se llena de una metralla insolente, aunque también a veces la onda expansiva lo que hace es contagiar las carcajadas y una vez hasta el cura (que en los funerales es como el intérprete de signos en el funeral de Mandela, pues dice cosas sobre el difunto que nadie entiende) comenzó a reírse y después sus feligreses y las risas llegaron fuera de la iglesia y se rió una señora con patillas que pasaba por allí y la suya era una risa como un virus, se iba transmitiendo a todos con quienes se cruzaba y estos la contagiaban a otros y en poco tiempo el mundo fue un lugar mejor, en el que nadie sufría ni pasaba hambre ni quemaba libros…

Vale, además de la caña Juantxo el jipi y yo nos fumamos también un porro.

Después, como se hacía tarde y nadie salía de la iglesia y llovía cada vez más fuerte, decidimos entrar a hacer de vicepresidentes checos. Fue, una vez en el templo, cuando me eché la mano al bolsillo de la chupa, en la que siempre llevo algún libro cargado por si acaso, cuando vi que el de esta vez se titulaba “Alpinismo bisexual”. Y me pareció muy apropiado para la ocasión, y creí que, muchos años después, se ejecutaba algún tipo de justicia poética contra mi tío Fructuoso. Amén.

_____
De INMEDIACIONES, 22/02/2018 

Los acentos forzados de los cubanos de ultramar


GEOVANNYS MANSO

Poco he peregrinado por el mundo, pero mis estancias en Venezuela, España y, más recientemente en México, me han bastado para apreciar un extraño fenómeno. Cuba es un país con una vasta migración de sus ciudadanos. No es una historia reciente, aunque a raíz del triunfo de la Revolución cubana, por diversos motivos, sobre todo económicos y políticos, el cubano ha expandido sus horizontes y se le puede hallar   —para qué negarlo—, en los sitios más inverosímiles de la tierra.

El extraño fenómeno se basa en la asimilación, casi siempre forzosa, del acento del país que han elegido para vivir. De este modo, un cubano en Madrid, a poco de llegar, utiliza la zeta y la jerga española con sobrada maestría. En Brasil o Portugal, en Suecia o Dinamarca, en New York o CDMX, se disfrazan, mutan, proyectando seseos, disonancias, evadiendo cualquier variante que los fije como ciudadanos insulares.

En todo caso, la pregunta es ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué un cubano que ha vivido hasta la adultez en la isla, adquiere forzados acentos, giros, coloquialismos? ¿Por qué no defiende, a ultranza, la verdad o el terror del español que hablamos por estas tierras?

En muchos de ellos he podido advertir un deseo por evadir o evitar cualquier pasado que los vincule a la isla. Quisieran borrar todo atisbo, todo gesto, todo guiño que delate su ciudadanía, su herencia.

Para algunos, es una vía, un método para sobrevivir, para sumarse al gentío, a la ola, como decimos en Cuba. Para no ser la oveja negra en un coro de amigos o compañeros de trabajo.

Para otros, sobre todo cuando convergen con otros cubanos recién llegados de la isla, adquiere el rasgo de superioridad, una advertencia: “Ves, yo vivo aquí. Soy de aquí. Tú solo estás de paso. Yo soy un nativo…”

Y aún queda una variante que he observado. Aquellos que lo hacen por puro esnobismo (en Cuba existe una frase mucho más típica: sapingos).

Aquel que incluso viaja por poco tiempo al extranjero: pueden ser días, meses o años y regresan a casa con el más claro acento español, mexicano, colombiano o el más socorrido de ellos: el porteño.

Sí, el cubano es una esponja si de acentos se trata. Puede ser que convivan medio siglo con los romanos y no perciban otras luces que aquellas de posicionarse de un italo-español que denuncie su estadía en tierras de Dante.

No pretendo cuestionar o criticar esta actitud. Supongo que existirán condiciones sociológicas para ello, mucho más serias que esta leve observación que he podido asimilar.

Puedo comprender que un niño que sale de Cuba y vive el resto de sus días en otro país, acceda de forma inmediata a estos aprendizajes, pero siempre me pongo a la defensiva cuando conozco a un cubano que a los tres meses de vivir en Granada, es más andaluz que Federico García Lorca.

Hace apenas unos días, en un encuentro de escritores, en México, en un programa internacional de talleres de creación bilingüe, debimos presentarnos. Aun no comprendo por qué se exigió que aquellas presentaciones se hicieran en inglés, si era tan válido este idioma como el español. Uno a uno, los escritores fueron presentándose en el idioma de Hemingway y cuando me tocó el turno, sin pensarlo demasiado, lo hice en perfecto “cubano”. No lo hice por un exceso de patriotismo, ni porque odie al inglés, sino porque lo creí justo, tratándose de un ambiente dual, donde cabía un idioma tanto como el otro.

Por suerte, he salido de Cuba y he regresado. He estado en Moguer, en Caracas, en Ferrol, en CDMX, en Tepoztlán, en Madrid, en Cuernavaca, en Santiago de Compostela y en otros muchos lugares. Allí, siempre, he sido fiel a algo más profundo y sutil que mi acento. Me ha enriquecido el lenguaje, sus variantes, sus modismos, pero he podido cantar una canción de Los Van Van como el cubano que soy y seré.

Y aunque mañana me mude a Groenlandia, las focas y los nativos, tendrán que soportarme mi cubaneo a flor de piel: mi café fuerte, expreso, mis cigarrillos sin filtro y mi apego al Havana Club con hielo.

_____
De INMEDIACIONES, 15/02/2018

Wednesday, February 21, 2018

‘Tambor’ Vargas, a la espera del salto tecnológico


CARLOS SORIA GALVARRO

Luis Huáscar Cachín Antezana, profundo investigador de los temas literarios, al reflexionar sobre el monumental diario del guerrillero de la independencia José Santos Tambor Vargas, y compararlo con la novela Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre, planteaba una interrogante: ¿el texto de Vargas, siendo una auténtica narración histórica (de “representación”), podrá arraigarse socialmente como en cierta forma lo hizo el texto de Aguirre siendo apenas un relato de ficción (de “imaginación”)? Extiendo el cuestionamiento de Cachín repitiendo una pregunta que lancé en esta misma columna hace como un año: ¿ahora que se habla tanto de descolonización, hay iniciativas concretas, sobre todo institucionales, para promover el conocimiento de José Santos Vargas y su Diario, a fin de “arraigarlos” en la imaginación popular?

Partía del hecho verificable de que toda sociedad construye sus creencias por lo general a partir de hechos y/o personajes reales. Por eso tenemos un Túpac Katari que proclamó que volvería y sería millones, un Pedro Domingo Murillo que dejó una tea encendida que nadie podría apagar, unas heroínas de la Coronilla que regaron con su sangre el camino de la independencia y nos legaron un magnífico pretexto para homenajear a las madres, un Abaroa que les mentó la abuela a quienes le intimaron rendición, o un Andrés Ibáñez fusilado en Santa Cruz por socialista igualitario. Sospecho que es natural que en el proceso de formación de estas creencias intervenga la imaginación en dosis difíciles de precisar. A veces, inconsciente y otras deliberadamente se exageran cualidades y virtudes de los héroes, se borran o atenúan sus defectos, hasta convertirlos en seres mitológicos, alejados del dato histórico verificable. Pero esos hombres y mujeres fueron de carne y hueso, existieron en la vida real, no son seres inventados. Y ése es el caso precisamente de José Santos Vargas.

La pregunta vuelve a rondar por mi cabeza estos días ante las recientes celebraciones de la efeméride cívica de Oruro, en las que estuvo ausente cualquier mención destacada sobre el guerrillero y cronista de la Guerra de la Independencia, nacido y criado hasta la adolescencia en esa ciudad altiplánica. Se me ocurre una conclusión anticipada: es muy poco, y a todas luces insuficiente, lo que se hace por rescatar del olvido no solo a José Santos Vargas y su fascinante diario, que abarca 10 años de lucha, sino también en general a la guerrilla, con su pléyade de próceres mestizos e indígenas, tanto o más olvidados que el propio Vargas. Sicasica y Ayopaya fue la única “republiqueta” que se mantuvo en pie de guerra hasta la llegada de las tropas colombianas comandadas por Sucre, después de la batalla de Ayacucho.


Un recuento de lo hecho hasta aquí nos muestra un busto en la avenida Busch y un colegio que lleva su nombre en la zona de Pasankeri, ambos en La Paz; y una escuela de músicos militares en Oruro. El monumento en la misma ciudad, cuya “piedra fundamental” colocó el presidente Morales en 2012, nunca se construyó, aunque la Alcaldía hizo una modesta efigie del patriota cerca de un mercado. En 2007 la historiadora francesa Marie-Daniele Demélas luego de muchos años de estudio publicó en la ciudad de La Paz Nacimiento de la guerra de Guerrilla: el diario de José Santos Vargas (1814-1825), en 2009 la Unesco declaró este documento Memoria del Mundo; y en 2012 Ramón Rocha hizo un intento, según algunos fallido, de llevar el personaje a una novela.

A las dos ediciones anteriores del diario, completamente agotadas (Siglo XXI de México, 1982 y ABNB-FCBCB-Plural de La Paz, 2008), se suma la de la Biblioteca Boliviana del Bicentenario (BBB, 2016), con un estudio introductorio a cargo del historiador Roger Mamani Siñani. ¡Enhorabuena por esta nueva edición! Pero, dados los tiempos actuales, para que el Tambor eche raíces, hace falta que dé un salto al mundo de la imagen y de la circulación digital. ¿Quién o quiénes serán capaces de impulsarlo? 

____
Del blog personal del autor

Tuesday, February 20, 2018

AUTORES, ESCRITORES, EDITORIALES Y AMAZON


ERNESTO COBOS

(fragmento de una carta a una editorial)

Es curioso lo que sucede en la actualidad. Creo que, cual cambalache del nuevo milenio, todo está mezclado en la gran batidora de internet. De esta manera, autores y escritores noveles reptan por las redes sociales en busca, unos de éxito y renombre, y otros de  lectores o reconocimiento. Los autores de género quieren vender sus títulos y poco importa si es con el apoyo de una editorial o una plataforma de autoedición: todo sea por vender. Sin embargo, el escritor golpea una y otra vez a las puertas de las editoriales y acumula textos sin advertir que ya todo ha cambiado. O casi todo. 


También el escritor hurga en el océano de la red y ve con qué facilidad se publica en estas plataformas de autoedición. Y por supuesto, cae, después de muchos portazos, en la trampa de la autoedición. Y su obra, tras tanto tiempo de esfuerzo dedicado a cincelarla, acaba por convertirse también en un producto más, compartiendo vitrina virtual junto a libros (sí, tienen el formato de libro, de manera que no hay más remedio que referirme a ellos de esa manera) cuya única aspiración es la de venderse como esos productos de oferta que vemos a la entrada de los supermercados. El autor no siente ningún respeto por lo que ha escrito. No lo escribió desde las entrañas sino desde la parte más racional de su mente. No buscaba sincerarse sino gustar, como cuando conocemos a una persona especial y enseñamos siempre nuestra mejor cara. Pero la verdadera faz es la que permanece a las sombras, casi siempre. No la enseñamos continuamente por la sencilla razón de que pertenece a nuestro mundo interior. Lo bueno, lo malo, lo vergonzoso está ahí, atesorado en nuestros recuerdos como en un viejo arcón. A un escritor, estos secretos de la vida interior se le escapan, y no necesariamente de forma inusitada. Lo hacen reencarnando en sus personajes. Eso es algo que un escritor no puede (y en el fondo, no quiere) controlar. Ahí está parte de la magia de escribir, y sin duda es algo que jamás llegará a entender un autor de género. Puede que sea esta brecha lo más saludable en esta, como dije antes, batidora de internet.

Por supuesto que acabé por caer en todo esto. Harto del NO de las editoriales tradicionales y del SÍ fácil de las pequeñas editoriales de coedición decidí publicar una bilogía de corte autobiográfico en la librería virtual de Amazon. Y además, para (en el fondo, claro) reírme de todo este inframundo de autores ávidos de venta que además se autoproclaman "escritores" como un niño que juega a ser bombero o policía, decidí que las regalías (es que me entra la risa, de verdad, pero de las ganas de llorar) las ingresaría en la cuenta de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. Cada uno o dos meses publicaría dicho ingreso en feisbuc para disipar cualquier duda. Me pareció legítimo viendo cómo estaba (y está) el patio. Voy a ahorrarme el revelar cuantos libros vendí desde dicha publicación, no vaya a ser que quien acabe llorando sea usted.

Pero no importaba, mi libro estaba publicado. Era prácticamente invisible, pero estaba publicado.

Y así como muchas de las editoriales de autoedición (parece una contradicción pero no lo es) invitan con atractivos eslogans a cumplir el sueño de publicar un libro, yo,  en el fondo, sentía que me había traicionado a mi mismo. Que nada de eso era realmente cierto y que aquellos dos libros que tantos años me había llevado escribir no se merecían ese maltrato: yo no me merecía ese maltrato.


Porque yo no necesitaba halagar mi vanidad frente a mis amigos con un libro impreso en las manos. Yo no tenía que cumplir "ningún sueño". Lisa y llanamente tenía algo que decir.

Me dije a mí mismo (y en voz alta además) que no volvería a caer tan pérfidamente  con mi próximo libro.

Y aquí estamos, aguardando el final del invierno.

_____
De CRÓNICA DE UN HOMBRE INVERNAL (blog del autor), 12/02/2018